Por los que somos y los que llegarán

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Desde hace apenas algunos años, conozco sobre los Premios Nacionales de Cultura, también que son ley. Una que otra vez, los escuché en las noticias (como algo distante, de otro mundo). Les puse mayor atención cuando fue el Teatro La Maga, dirigido por la profesora y amiga Silvia Arce, el cual ganó el premio “Aquileo J. Echeverría”, como mejor grupo de teatro en el 2014.

Les he dado seguimiento en los últimos años, gracias a la influencia de mis conocidos y amigos artistas profesionales, que se dedican de lleno a dar la cara por el arte. Si no fuera por estos contactos, difícilmente estaría al tanto del mundo artístico nacional, debido, quizá, a la absorbente rutina académica y laboral a la que muchos estamos sometidos, aunada a la poco efectiva divulgación para aquellos que se desenvuelven en otras áreas. “Estar ocupada” no es excusa para no informarse; sin embargo, creo que las instituciones y los medios de comunicación podrían realizar una mejor labor para llevar el arte y la cultura a toda la población.

Mientras leía sobre los ganadores del periodo 2020, recordaba cuando estaba en el Liceo San Miguel de Desamparados y participamos, durante 3 años, en el Festival Estudiantil de las Artes en la categoría de Poesía Coral. Cada año llegamos a la etapa nacional, lo cual significaba una alegría y orgullo inmensos para un grupo de adolescentes de zonas urbano-marginales. Conocimos teatros, escuelas y personas importantes en el sector cultural. También había estudiantes que participaban en otras categorías, algunos ilusionados, otros no tanto.

Fueron experiencias bellísimas que salvaron mi adolescencia; pero me queda un mal sabor: las caras largas y quejas de muchos profesores cuando, a regañadientes, tenían que darnos permiso para asistir a los ensayos y a las presentaciones (una directora se dejó decir que “¿para qué íbamos a eso?, si habíamos nacido para macetas”). Actualmente, sigo en contacto con algunos de los chiquillos con quienes compartía esas experiencias, y son pocos los que se siguen desarrollando artísticamente… quizá porque fue solo una aventura de la adolescencia, o les impusieron centrarse en “algo que les diera de comer”, o porque las responsabilidades fueron opacando poco a poco la creatividad. ¿Quién sabe? Pero estoy segura de que cada uno de ellos aún tiene grandes historias que expresar.

Me entristece saber que muchos no contaban con apoyo en su familia. Es más, incluso compañeros de grupos artísticos universitarios dicen que para sus padres, lo que hacen es una pérdida de tiempo. ¿Qué pasaría si desde niños o adolescentes nos hablaran, en los centros educativos, sobre los reconocimientos que existen al arte a nivel nacional? ¿Cambiaría la visión que tiene la población general? ¿Dejarían de ver el arte como pérdida de tiempo?

La mayoría de obras y proyectos ganadores (y tantos otros no seleccionados), están construidas con elementos de muchas vidas y poblaciones, corazones, quizá desconocidos entre sí, que se encuentran y unifican en composiciones que les dan rostro a los procesos y transformaciones que enfrentamos día a día.

Más allá del incentivo económico de estos premios, el reconocimiento genera esperanza. Lamentablemente, englobada en una pequeña parte de la sociedad. Sería hermoso que, desde niños, soñáramos con ganar un premio, y no necesariamente uno material, sino un premio de empatía, amor, reconocimiento, validación; saber que la expresión artística tiene efectos importantes sobre otros y permite generar relaciones y aprendizajes más intensos… y puede estar en manos de cualquiera, incluso, de adolescentes de alguna zona urbano-marginal. Que todos sepamos que existe reconocimiento al arte y la cultura, ya que hay– y habrá – muchas con grandes historias qué contar.

Adela Chacón Rodríguez

Estudiante de Medicina y narradora oral

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